Sook ching

Sook ching

No hay país sin esqueletos en el armario.

BASILIO DE LA GARMA.

Se cumplieron 81 años de uno de los episodios más repulsivos y dolorosos en los anales del nacionalismo imperialista: la violación de Nankín por el ejército japonés.

En diciembre de 1937, la 114 división del ejército imperial nipón avanzó sobre esta ciudad china a las orillas del Yangtsé, conocida como “La capital del cielo”, con órdenes de “purificarla”.

Unos 300 mil civiles fueron masacrados en un festín de sangre. Los testimonios hablan de más de 80 mil mujeres violadas. “Viejas o jóvenes, todas eran sometidas. Se mandaban camiones a los barrios y a las afueras de la ciudad para capturar a cuanta mujer se pudiera. Cada una era puesta al servicio de 15 o 20 de nuestros soldados. Después las matábamos… las muertas no hablan”. Este es el bestial testimonio de un veterano de la 114 división.

Sook ching, que en chino significa “purificación por eliminación” fue el sistema aplicado por los japoneses para sanitizar los territorios en donde expandían su imperio. La lógica no fue diferente a la de la solución final, el lebensraum, la nueva Roma o el terror estalinista. Se aplicó no sólo en Nankín, sino en todas las comarcas en donde Hirohito sembraba su “coesfera de prosperidad”. 

El problema de apoderarse de tierras ajenas es que hay que deshacerse de los dueños originales. Esto puede ser mediante campos de concentración, hornos crematorios, hambrunas y epidemias inducidas, reservas étnicas o el sook ching.

El sook ching tiene el valor añadido de que proporciona a las agotadas tropas alguna diversión para aliviar el estrés del combate.

Hombres, mujeres y niños colgados de la lengua en ganchos de carnicero o quemados vivos, lonchas de carne humana arrojadas a perros hambrientos, sesiones de acuchillamiento y competencias para descuartizar que culminaron en el reto de un oficial a otro para ver quién eliminaba primero a 100 prisioneros, son algunas viñetas que queman en la memoria de aquellos días.

Cual los nazis, los fascistas y los estalinistas, los japoneses operaban como quien desinfecta su casa y elimina bichos nocivos. Lo dijo el teniente coronel Ryukichi Tanaka, jefe del servicio secreto japonés en Shanghái: “podemos hacer lo que sea con esas criaturas”. Para ellos los chinos eran menos importantes que los cerdos.

Hace dos mil años Tácito escribió: “A la rapiña, el asesinato y el robo los llaman con nombre falso: gobernar; y donde crean un desierto lo llaman paz”. Los japoneses abreviaron esta metodología y la llamaron sook ching.

Pero a fin de cuentas doña Historia y don Tiempo guardan episodios que revelan la fragilidad y la miseria de quienes se creen en el altar de los predestinados o en el cenáculo de los dominantes. 

Tiempo después de la profanación de la Capital del Cielo, una compañía de la 114 división imperial fue acorralada por soldados negros del ejército de la Frontera Occidental. Luego de algunas horas de fiero combate, superados en número y en capacidad de fuego, los nipones izaron la bandera blanca y se entregaron. Las tropas coloniales negras no daban crédito, pues para el soldado japonés no hay mayor deshonor que rendirse y antes se aplica el harakiri.

¿Qué sucedió? Los orientales creían que los negros se comían a los enemigos muertos. Esto sería tan repugnante para sus ancestros en el más allá, que no los recibirían en el paraíso y serían desahuciados para toda la eternidad. Pero como vivos sólo serían internados en un campo de concentración, no dudaron en entregarse.

Nankín, la que fuera capital de diez reinos durante más de mil años, sigue siendo hoy un símbolo, una herida que sangra, una llama votiva que debemos mantener para nunca olvidar. 

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(Juego de ojos por Miguel Ángel Sánchez de Armas)